En redes sociales aparecen constantemente videos de plantas
automotrices donde robots realizan actividades que hace algunos años dependían
casi exclusivamente de personas.
Brazos robóticos ensamblan componentes.
Sistemas de visión inspeccionan piezas.
Vehículos autónomos trasladan materiales.
Algoritmos analizan información de producción.
Y comienzan a incorporarse nuevas generaciones de robots
capaces de realizar actividades cada vez más complejas.
Las imágenes resultan impresionantes.
Pero casi siempre provocan la misma pregunta:
¿Qué ocurrirá con las personas cuando las máquinas puedan
realizar una parte cada vez mayor del trabajo?
Es una preocupación comprensible.
Sin embargo, quizá estamos formulando incorrectamente la
pregunta.
El verdadero debate no debería limitarse a determinar
cuántos empleos puede sustituir la tecnología.
Deberíamos preguntarnos algo mucho más importante:
¿Cómo está cambiando la tecnología el trabajo que
necesitaremos realizar y qué estamos haciendo para prepararnos?
La tecnología siempre modifica la forma de trabajar
No es la primera vez que ocurre.
La mecanización transformó actividades que durante siglos se
realizaron manualmente.
La electricidad modificó las fábricas.
Las líneas de producción cambiaron la manufactura.
Las computadoras transformaron las oficinas.
Internet modificó la comunicación, las ventas y
prácticamente todos los modelos de negocio.
La automatización industrial cambió nuevamente la
producción.
Y ahora la Inteligencia Artificial, la robótica avanzada y
el análisis de datos están acelerando otra transformación.
En cada etapa desaparecieron determinadas tareas.
Otras se redujeron.
Muchas se modificaron.
Y también aparecieron actividades, especialidades y
profesiones que anteriormente no existían.
Por eso sería simplista afirmar que la tecnología solamente
destruye empleos.
Pero también sería ingenuo afirmar que no produce
desplazamientos.
La innovación genera oportunidades, pero también exige
adaptación.
Y no todas las personas ni todas las empresas se adaptan a
la misma velocidad.
Un robot no representa solamente un puesto sustituido
Cuando observamos una máquina realizando una actividad que
anteriormente ejecutaba una persona, nuestra atención se concentra naturalmente
en aquello que dejamos de ver.
El operador.
Pero alrededor de esa tecnología existe una cadena completa
de nuevas capacidades.
Alguien diseñó el equipo.
Alguien desarrolló el software.
Alguien integra los sistemas.
Alguien programa las rutinas.
Alguien realiza mantenimiento.
Alguien analiza la información.
Alguien supervisa la calidad.
Alguien administra la ciberseguridad.
Alguien determina cómo integrar esa tecnología al proceso.
Y alguien debe evaluar si la inversión realmente está
generando los resultados esperados.
El trabajo no necesariamente desaparece.
Se desplaza, se transforma y exige competencias
diferentes.
Ese cambio puede representar una oportunidad para quienes
estén preparados.
Y un riesgo importante para quienes continúen desarrollando
exactamente las mismas capacidades mientras el mercado demanda otras.
La automatización cambia primero las tareas
Existe una distinción que conviene hacer.
Un puesto de trabajo está compuesto por diferentes
actividades.
Algunas son repetitivas.
Otras requieren análisis.
Algunas siguen reglas claramente definidas.
Otras dependen del criterio.
Existen actividades físicas.
Administrativas.
Creativas.
Relacionales.
Técnicas.
Cuando aparece una nueva tecnología, no necesariamente
desaparece inmediatamente todo el puesto.
Con frecuencia comienzan a automatizarse determinadas
tareas.
Entonces la función de la persona cambia.
Quizá deja de ejecutar manualmente una operación y comienza
a supervisarla.
Deja de capturar información y comienza a interpretarla.
Deja de realizar determinadas inspecciones y empieza a
analizar las excepciones detectadas por un sistema.
Esto obliga a las empresas a pensar de manera diferente.
No solamente:
“¿Qué puestos podemos automatizar?”
Sino:
“¿Qué actividades debería realizar mejor la tecnología y
en cuáles necesitamos desarrollar todavía más las capacidades humanas?”
El verdadero riesgo empresarial es adoptar tecnología sin
transformar la organización
Comprar tecnología es relativamente sencillo.
Transformar la manera de trabajar es mucho más complejo.
Una empresa puede adquirir robots, sistemas, software o
herramientas de Inteligencia Artificial y continuar operando con procesos
diseñados para una realidad anterior.
Entonces ocurre algo frecuente:
tenemos tecnología nueva funcionando dentro de una
organización vieja.
Los procesos no cambian.
Las responsabilidades siguen siendo las mismas.
Las decisiones continúan recorriendo caminos
innecesariamente largos.
La información existe, pero nadie sabe utilizarla.
Las personas reciben nuevas herramientas sin comprender cómo
deben incorporarlas a su trabajo.
Y después surge la decepción:
“La tecnología no produjo los resultados que esperábamos.”
Quizá el problema no estaba en la herramienta.
La innovación tecnológica necesita acompañarse de
innovación organizacional.
Automatizar un proceso deficiente no necesariamente lo
convierte en un buen proceso
Existe además otro riesgo.
Pensar que todo aquello que puede automatizarse debería
automatizarse.
Supongamos que una empresa tiene un proceso con actividades
innecesarias, autorizaciones excesivas, información duplicada y controles que
dejaron de tener sentido.
Después incorpora tecnología para automatizarlo.
El resultado puede ser simplemente un proceso deficiente
ejecutado con mayor velocidad.
Por eso la innovación debería comenzar antes de seleccionar
la herramienta.
¿Qué problema queremos resolver?
¿Qué actividad realmente genera valor?
¿Qué deberíamos eliminar?
¿Qué deberíamos simplificar?
¿Qué debería continuar realizando una persona?
¿Qué puede realizar mejor una máquina?
¿Qué información necesitamos obtener?
¿Y qué resultado esperamos conseguir?
Digitalizar no es necesariamente innovar.
Innovar implica mejorar la forma en que generamos valor.
La Inteligencia Artificial cambia también los trabajos
que parecían protegidos
Durante muchos años se pensó que la automatización afectaría
principalmente a las actividades físicas y repetitivas.
Hoy sabemos que el alcance es mucho mayor.
La Inteligencia Artificial puede participar en tareas
relacionadas con análisis de información, generación de documentos,
programación, diseño, atención, planeación, investigación y toma de decisiones
asistida.
Esto significa que la conversación ya no pertenece
exclusivamente a las fábricas.
También alcanza a administradores.
Contadores.
Vendedores.
Ingenieros.
Diseñadores.
Profesionales.
Gerentes.
Directivos.
La pregunta relevante para cualquier persona ya no debería
ser:
“¿La Inteligencia Artificial puede hacer mi trabajo?”
Conviene formular otra:
“¿Qué parte de mi trabajo puede hacer mejor la tecnología
y qué capacidades necesito desarrollar para aportar un valor diferente?”
Esa pregunta abre posibilidades.
La primera solamente genera temor.
México tiene mucho en juego
Para México, esta transformación tiene una relevancia
particular.
La industria automotriz y su cadena de suministro
representan una parte importante de nuestra capacidad manufacturera y de
nuestra integración productiva internacional.
Pero competir en los próximos años no dependerá
exclusivamente de tener capacidad instalada o costos competitivos.
Las plantas serán cada vez más automatizadas.
Los procesos generarán mayor cantidad de información.
El mantenimiento será más predictivo.
La calidad utilizará sistemas más inteligentes.
Las cadenas de suministro necesitarán mayor visibilidad.
Y las decisiones operativas dependerán cada vez más de
datos.
Eso modificará las competencias necesarias dentro de las
empresas.
Técnicos capaces de interactuar con sistemas automatizados.
Especialistas en mantenimiento avanzado.
Ingenieros de procesos.
Analistas de datos.
Integradores.
Programadores.
Especialistas en calidad y automatización.
Pero también personas capaces de resolver problemas,
aprender rápidamente, comprender procesos y trabajar con tecnologías que
continuarán evolucionando.
El reto no consiste únicamente en disponer de tecnología.
Consiste en disponer de talento capaz de aprovecharla.
La capacitación ya no puede ocurrir solamente cuando
aparece una necesidad
Existe una práctica empresarial que probablemente tendremos
que abandonar.
Esperar hasta necesitar una competencia para comenzar a
desarrollarla.
En un entorno tecnológico relativamente estable podía
funcionar.
Hoy puede resultar demasiado tarde.
Cuando una empresa incorpora una nueva tecnología y
solamente entonces descubre que nadie posee las capacidades necesarias para
utilizarla correctamente, la curva de aprendizaje comienza después de la
inversión.
La preparación debería ocurrir antes.
¿Qué tecnologías pueden modificar nuestra industria?
¿Qué actividades podrían automatizarse?
¿Qué puestos cambiarán?
¿Qué conocimientos necesitarán nuestros colaboradores dentro
de tres o cinco años?
¿Qué competencias deberíamos comenzar a desarrollar hoy?
Estas preguntas convierten la capacitación en algo
diferente.
Deja de ser únicamente una respuesta ante una carencia
actual.
Se convierte en preparación para una capacidad futura.
La resistencia al cambio también puede frenar la
innovación
No todas las barreras son tecnológicas.
Algunas son humanas.
“Así siempre lo hemos hecho.”
“Eso aquí no va a funcionar.”
“Es demasiado complicado.”
“La máquina nos va a sustituir.”
“No necesito aprenderlo.”
Estas respuestas son comprensibles cuando las personas
perciben incertidumbre.
Por eso implementar tecnología no consiste únicamente en
instalar equipos o activar software.
También requiere explicar.
Preparar.
Escuchar.
Capacitar.
Establecer expectativas realistas.
Redefinir responsabilidades.
Y acompañar la transición.
Una empresa puede adquirir una excelente tecnología y
fracasar en su implementación porque subestimó el cambio que produciría en las
personas.
Toda innovación tecnológica genera, de alguna manera, un
proceso de cambio organizacional.
Tampoco debemos idealizar la tecnología
Existe otro extremo igualmente peligroso.
Pensar que cualquier problema puede resolverse con
tecnología.
No necesariamente.
Un software no corrige automáticamente responsabilidades mal
definidas.
La Inteligencia Artificial no elimina por sí misma un
proceso deficiente.
Un robot no resuelve una mala planeación.
Un tablero digital no garantiza mejores decisiones.
Tener más información tampoco significa comprender mejor lo
que ocurre.
La tecnología multiplica capacidades.
Pero precisamente por eso puede multiplicar tanto las
fortalezas como las deficiencias de una organización.
Antes de preguntarnos qué tecnología deberíamos adquirir,
conviene preguntarnos:
¿Qué problema empresarial necesitamos resolver?
Después podremos decidir si la tecnología forma parte de la
solución.
La capacidad de aprender puede convertirse en una ventaja
competitiva
Durante décadas, una persona podía aprender una profesión,
desarrollar experiencia y utilizar conocimientos relativamente estables durante
buena parte de su vida laboral.
Ese escenario está cambiando.
Hoy determinadas herramientas pueden transformarse en pocos
años.
Algunas competencias pierden valor.
Otras aparecen rápidamente.
Y profesiones completas incorporan tecnologías que hace poco
tiempo no formaban parte de su actividad.
Por eso existe una competencia que comienza a adquirir un
valor extraordinario:
la capacidad de aprender continuamente.
Aprender una herramienta.
Desaprender una práctica que dejó de funcionar.
Actualizar conocimientos.
Comprender nuevas tecnologías.
Experimentar.
Adaptarse.
Y volver a aprender.
Lo mismo ocurre con las empresas.
Las organizaciones que mejor respondan al cambio
probablemente no serán aquellas que intenten predecir exactamente cada
tecnología que aparecerá.
Serán aquellas que desarrollen la capacidad para aprender y
adaptarse cuando aparezca.
La pregunta no es si el cambio llegará
Ya llegó.
Y continuará.
La Inteligencia Artificial seguirá evolucionando.
La robótica avanzará.
La automatización alcanzará nuevas actividades.
Los sistemas tendrán mayor capacidad para analizar
información y ejecutar determinadas decisiones.
Algunos trabajos cambiarán profundamente.
Algunas actividades probablemente desaparecerán.
Y surgirán otras que hoy apenas comenzamos a identificar.
Ante esa realidad podemos concentrarnos exclusivamente en
aquello que podríamos perder.
O podemos comenzar a preguntarnos qué necesitamos construir.
¿Qué conocimientos serán necesarios?
¿Qué capacidades debemos desarrollar?
¿Qué procesos necesitan evolucionar?
¿Qué tecnología realmente puede generar valor?
¿Qué actividades humanas adquirirán todavía mayor
importancia?
¿Qué debemos comenzar a aprender hoy?
Ahí está probablemente la conversación empresarial que
realmente importa.
Porque la industria automotriz no está simplemente
sustituyendo personas por máquinas.
Está modificando procesos, competencias, modelos productivos
y formas de trabajar.
Y algo similar está ocurriendo en prácticamente todos los
sectores.
La tecnología continuará cambiando las reglas del juego.
La verdadera diferencia estará en qué tan preparados
estemos —como profesionales y como organizaciones— para aprender las nuevas
reglas y competir bajo ellas.
Lic. Pablo Corona Díaz
Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial
