Cuando todo depende de las personas y no de los procesos

 

Hay empresas que funcionan bien.

Los pedidos salen.

Los clientes reciben respuesta.

Las compras se realizan.

Los pagos se procesan.

La producción continúa.

Los problemas se resuelven.

Desde fuera, podría parecer que existe una organización perfectamente establecida.

Pero cuando observamos con mayor detenimiento descubrimos algo diferente.

El pedido salió porque alguien recordó que debía darle seguimiento.

El cliente recibió respuesta porque una persona intervino personalmente.

La compra se realizó porque alguien llamó para preguntar qué estaba sucediendo.

El pago se procesó porque el responsable sabía exactamente con quién debía hablar.

Y el problema de producción se resolvió porque apareció la persona que siempre sabe qué hacer.

La empresa funciona.

Pero una pregunta cambia completamente la perspectiva:

¿Funciona porque existen procesos suficientemente sólidos o porque existen personas que todos los días compensan las deficiencias de esos procesos?

La diferencia es fundamental.

Porque una empresa puede obtener buenos resultados durante años apoyándose en personas extraordinarias y, al mismo tiempo, mantener una estructura operativa mucho más frágil de lo que parece.

Cuando las personas sostienen al proceso

En prácticamente todas las organizaciones existen colaboradores comprometidos que hacen mucho más de lo que establece formalmente su puesto.

Recuerdan pendientes.

Dan seguimiento.

Preguntan.

Insisten.

Corrigen.

Verifican.

Anticipan problemas.

Llaman a otras áreas.

Consiguen información.

Y cuando algo amenaza con detenerse, intervienen para que continúe.

Su aportación es invaluable.

El problema comienza cuando esas intervenciones dejan de ser excepcionales y se convierten en la forma habitual de conseguir que la operación funcione.

Entonces el proceso aparentemente existe, pero necesita permanentemente que alguien lo impulse.

Una compra debería avanzar porque existe una secuencia definida.

Un pedido debería procesarse porque cada área conoce qué debe hacer.

Una factura debería emitirse porque la información necesaria fluye correctamente.

Una autorización debería obtenerse mediante criterios previamente establecidos.

Si para conseguirlo siempre necesitamos que alguien recuerde, persiga, pregunte o intervenga, probablemente no estamos frente a un proceso suficientemente sólido.

Estamos frente a personas sosteniendo un proceso.

“Si no le doy seguimiento, no sucede”

Esta frase merece atención:

“Si no le doy seguimiento, no sucede.”

Puede parecer una demostración de compromiso.

Y seguramente lo es.

Pero también puede revelar una debilidad organizacional.

¿Por qué necesita esa persona recordar constantemente a los demás qué deben hacer?

¿No están claras las responsabilidades?

¿No existen fechas o tiempos definidos?

¿La información no llega oportunamente?

¿No hay mecanismos de seguimiento?

¿El proceso depende de instrucciones verbales?

¿Nadie sabe exactamente dónde termina la responsabilidad de una persona y comienza la de otra?

El seguimiento es necesario en cualquier organización.

Pero existe una diferencia entre dar seguimiento a un proceso y tener que perseguir permanentemente a las personas para que el proceso ocurra.

Cuando esto último se vuelve normal, la empresa comienza a consumir una enorme cantidad de energía administrativa simplemente para mantener funcionando actividades que deberían avanzar de manera mucho más natural.

El proceso está en la costumbre, pero no necesariamente en la organización

Muchas empresas tienen procesos aunque nunca los hayan definido formalmente.

Las personas saben aproximadamente qué hacer porque llevan años haciéndolo.

“Primero se lo mandamos a Administración.”

“Después Compras solicita la cotización.”

“Luego tiene que revisarlo el gerente.”

“Cuando autoriza, se hace el pedido.”

Eso puede funcionar mientras todos conozcan la secuencia.

Pero hagamos algunas preguntas:

¿Qué información debe recibir Administración?

¿Quién es responsable de entregarla?

¿Cuánto tiempo tiene Compras para responder?

¿Con qué criterios se selecciona al proveedor?

¿Qué puede autorizar el gerente?

¿Qué sucede si la información está incompleta?

¿Quién da seguimiento?

¿Cuándo se considera terminado el proceso?

Si las respuestas dependen de a quién preguntemos, quizá no existe un proceso suficientemente definido.

Existe una costumbre.

Y las costumbres pueden funcionar durante años.

Hasta que aumenta el volumen, cambian las personas o aparece una situación diferente.

Cada persona puede terminar creando su propia manera de trabajar

Cuando el proceso no establece con suficiente claridad cómo debe realizarse una actividad, las personas naturalmente llenan los espacios.

Cada una desarrolla su propia forma de trabajar.

Un vendedor utiliza una hoja de cálculo.

Otro conserva información en su correo.

Otro utiliza una libreta.

Uno registra inmediatamente los acuerdos con el cliente.

Otro confía en su memoria.

En Administración puede suceder algo parecido.

En Compras.

En Producción.

En Servicio.

Mientras los resultados sean aceptables, probablemente nadie lo cuestione.

Pero conforme la empresa crece aparece un problema:

la forma de trabajar comienza a depender de quién realiza la actividad.

Entonces el cliente puede recibir un servicio diferente dependiendo de quién lo atienda.

La calidad puede variar entre turnos.

Los tiempos pueden cambiar entre personas.

La información puede registrarse de distintas maneras.

Y cuando alguien cambia de puesto, quien llega necesita aprender no solamente el trabajo, sino la manera particular en que su antecesor decidió realizarlo.

La empresa tiene puestos similares.

Pero no necesariamente tiene procesos similares.

Los buenos colaboradores pueden ocultar procesos deficientes

Esta es una de las paradojas más interesantes de una organización.

Una persona extraordinariamente competente puede conseguir que un proceso deficiente parezca funcionar correctamente.

Conoce las fallas.

Sabe dónde debe intervenir.

Anticipa los problemas.

Recuerda qué información suele faltar.

Conoce a quién llamar.

Sabe qué autorización necesita.

Y ha aprendido a evitar muchos errores mediante experiencia.

El resultado es positivo.

Pero la organización puede llegar a una conclusión equivocada:

“El proceso funciona.”

Quizá no.

Quizá la persona está consiguiendo que funcione.

La diferencia solamente se vuelve evidente cuando cambia la persona, aumenta considerablemente el volumen de operación o surge una situación que supera su capacidad para compensar las deficiencias.

Entonces aparecen problemas que aparentemente son nuevos, aunque en realidad siempre estuvieron presentes.

Simplemente alguien los mantenía bajo control.

Contratar más personas no siempre resuelve el problema

Cuando una operación comienza a saturarse, una respuesta frecuente consiste en aumentar la plantilla.

Y en algunos casos será necesario.

Pero si el proceso no está suficientemente organizado, agregar personas puede aumentar la complejidad.

Ahora hay más personas preguntando.

Más personas esperando información.

Más posibilidades de duplicar actividades.

Más puntos de coordinación.

Más formas diferentes de realizar el mismo trabajo.

Y posiblemente más supervisión.

La empresa aumenta su costo, pero no necesariamente su capacidad en la misma proporción.

Antes de concluir que necesitamos otra persona conviene preguntarnos:

¿La carga de trabajo realmente supera nuestra capacidad o una parte importante de esa capacidad se está perdiendo debido a la forma en que está diseñado el proceso?

En ocasiones no necesitamos agregar inmediatamente recursos.

Necesitamos eliminar actividades innecesarias, aclarar responsabilidades, reducir esperas, definir criterios y simplificar la manera de trabajar.

Un buen proceso no elimina el criterio

Existe un temor comprensible cuando hablamos de estandarización.

Pensar que establecer procesos significa eliminar la iniciativa de las personas.

No debería ser así.

Un proceso correctamente diseñado no pretende anticipar absolutamente todas las situaciones posibles.

Establece una forma consistente de realizar aquello que es repetitivo y previsible.

Define responsabilidades.

Determina información necesaria.

Establece controles.

Aclara puntos de decisión.

Identifica resultados esperados.

Y permite establecer qué debe ocurrir cuando aparece una excepción.

Las personas continúan utilizando criterio.

La diferencia es que ya no necesitan reinventar diariamente aquello que la organización debería haber definido.

Un proceso sólido no reduce la capacidad de las personas.

Libera esa capacidad para utilizarla donde realmente agrega valor.

Los procesos también deben conectar áreas

Una parte importante de los problemas organizacionales no ocurre dentro de los departamentos.

Ocurre entre ellos.

Ventas realiza correctamente su actividad.

Administración también.

Compras cumple sus funciones.

Operaciones hace lo correspondiente.

Pero cuando el trabajo pasa de un área a otra comienzan las dificultades.

“Ventas no nos informó.”

“Compras no recibió la solicitud.”

“Administración estaba esperando un documento.”

“Producción no sabía que era urgente.”

“El cliente cambió la especificación y nadie nos avisó.”

Cada área puede afirmar que cumplió su responsabilidad.

Y aun así, el resultado final puede ser deficiente.

Esto sucede porque un proceso no debería diseñarse únicamente observando tareas individuales.

También debe considerar cómo fluye el trabajo a través de toda la organización.

¿Qué recibe cada área?

¿De quién?

¿En qué momento?

¿Con qué información?

¿Qué debe entregar?

¿A quién?

¿Qué ocurre cuando algo está incompleto?

Cuando estas conexiones no están claras, aparecen personas que se convierten informalmente en coordinadores de todo el proceso.

Son quienes llaman, recuerdan, preguntan y consiguen que las áreas finalmente se conecten.

Otra vez, la persona termina compensando una debilidad del proceso.

Si todo requiere supervisión, quizá el problema no sea la gente

Hay organizaciones donde determinadas actividades solamente funcionan cuando alguien está permanentemente vigilando.

“Ya les dije.”

“Ya les recordé.”

“Estoy revisando que lo hagan.”

“Les volví a mandar mensaje.”

El problema suele atribuirse inmediatamente a falta de compromiso.

En algunos casos puede ser cierto.

Pero no siempre.

Antes conviene revisar si el sistema de trabajo establece claramente qué debe hacerse, cuándo debe hacerse, quién es responsable y cómo sabemos que quedó realizado.

Porque cuando estas condiciones no existen, la supervisión termina sustituyendo al proceso.

Y entonces la empresa necesita cada vez más personas controlando a otras personas.

Una estructura eficiente debería permitir que buena parte de las actividades rutinarias avance sin necesidad de intervención permanente.

Los procesos permiten repetir buenos resultados

Una empresa no necesita procesos únicamente para evitar errores.

También los necesita para repetir aquello que hace bien.

Supongamos que un vendedor tiene una excelente forma de dar seguimiento a clientes.

Un supervisor consiguió reducir significativamente determinado problema.

Una persona administrativa desarrolló una forma más sencilla de controlar cierta información.

Un técnico encontró una manera de realizar una actividad con mayor seguridad.

Si esas mejoras permanecen exclusivamente en quienes las desarrollaron, tenemos buenas prácticas individuales.

Cuando conseguimos analizarlas, compartirlas e incorporarlas a la forma de trabajar, comenzamos a construir capacidad organizacional.

Ese es uno de los grandes valores de los procesos.

Permiten que aquello que una persona aprendió pueda convertirse en una mejor forma de trabajar para muchos.

El objetivo no es documentar todo

Profesionalizar procesos no significa llenar la empresa de manuales.

Un procedimiento que nadie utiliza no mejora nada.

Un formato innecesario solamente agrega trabajo.

Una autorización sin propósito puede generar otro cuello de botella.

Por eso cada elemento del proceso debería responder a una necesidad.

¿Qué problema queremos evitar?

¿Qué información necesitamos?

¿Qué riesgo debemos controlar?

¿Qué responsabilidad necesita claridad?

¿Qué resultado queremos asegurar?

¿Qué actividad podría simplificarse?

Dependiendo de la respuesta, la solución puede ser un procedimiento.

Pero también puede ser una lista de verificación, un flujo sencillo, una matriz de responsabilidades, una configuración dentro del sistema o simplemente eliminar una actividad que ya no tiene sentido.

El objetivo no es tener más procesos escritos.

Es tener mejores procesos funcionando.

La verdadera prueba aparece cuando aumenta el volumen

Una empresa puede mantener procesos débiles mientras el volumen de operación sea relativamente pequeño.

Las personas compensan.

Preguntan.

Corrigen.

Recuerdan.

Intervienen.

Pero imaginemos que mañana las ventas aumentan 50%.

Ahora hay más pedidos.

Más clientes.

Más documentos.

Más compras.

Más movimientos.

Más decisiones.

Más información.

¿Podrían las mismas personas continuar compensando manualmente todas las deficiencias?

Probablemente llegará un momento en que no.

Por eso la capacidad de crecimiento de una empresa no depende únicamente de conseguir más clientes.

También depende de que sus procesos puedan absorber mayor volumen sin requerir proporcionalmente más intervención, más supervisión y más esfuerzo.

Un proceso que solamente funciona mientras alguien lo empuja permanentemente difícilmente puede escalar.

¿Qué pasaría si dejáramos de recordar, perseguir y corregir?

Existe un ejercicio sencillo que puede revelar mucho.

Observe durante una semana cuántas veces escucha frases como:

“Ya le recordé.”

“Voy a preguntarle.”

“Déjame revisar si ya lo hizo.”

“Hay que hablarle para que avance.”

“Yo lo corrijo.”

“Siempre tengo que estar pendiente.”

Después pregunte:

¿Qué sucedería si esas personas dejaran de intervenir?

¿El proceso continuaría?

¿La actividad se realizaría a tiempo?

¿La información llegaría?

¿La decisión se tomaría?

¿El cliente recibiría el resultado esperado?

Si una parte importante de la operación depende de recordatorios, persecución y correcciones personales, probablemente existe una oportunidad importante para revisar cómo está diseñado el trabajo.

No para eliminar a las personas.

Sino para conseguir que su capacidad deje de utilizarse en compensar permanentemente fallas organizacionales.

Las personas deben aportar valor, no sostener el desorden

Una empresa siempre dependerá de las personas.

Y debe hacerlo.

Son ellas quienes analizan, deciden, crean, negocian, atienden clientes, resuelven excepciones y mejoran la organización.

El objetivo nunca debería ser construir una empresa que no dependa de las personas.

Eso sería imposible.

La diferencia está en de qué queremos que dependa.

Queremos depender de su talento.

De su experiencia.

De su criterio.

De su capacidad para innovar.

De su conocimiento.

De su compromiso.

Lo que deberíamos intentar reducir es la dependencia de su memoria para recordar pendientes, de su presencia para destrabar actividades o de su intervención permanente para corregir procesos que deberían funcionar normalmente.

Esa diferencia cambia completamente la conversación.

No se trata de personas contra procesos.

Se trata de conseguir que ambos se fortalezcan mutuamente.

Cuando los procesos funcionan, las personas pueden aportar más

Un buen proceso no hace menos importantes a las personas.

Hace más valioso su trabajo.

Porque deja de utilizar una parte importante de su tiempo en perseguir pendientes, buscar información, corregir errores repetidos, explicar constantemente lo mismo o resolver problemas que pudieron prevenirse.

Entonces pueden dedicar mayor capacidad a aquello que realmente necesita conocimiento humano.

Analizar.

Mejorar.

Decidir.

Atender situaciones extraordinarias.

Desarrollar nuevas ideas.

Resolver problemas complejos.

Crear mejores experiencias para el cliente.

Una organización madura no pretende sustituir personas con procesos.

Busca que los procesos sostengan la operación para que las personas puedan concentrarse en generar valor.

Por eso conviene observar nuestra empresa y preguntarnos:

¿Los resultados dependen de una forma de trabajar suficientemente establecida?

¿O dependen principalmente de determinadas personas que todos los días consiguen que las cosas sucedan?

¿Las responsabilidades son claras?

¿Los procesos conectan correctamente las áreas?

¿Las actividades rutinarias avanzan sin intervención permanente?

¿Las buenas prácticas individuales se convierten en mejores prácticas organizacionales?

¿Podríamos aumentar significativamente el volumen sin multiplicar en la misma proporción las urgencias y la supervisión?

Las respuestas pueden revelar una diferencia importante entre una empresa que simplemente funciona y una organización preparada para crecer.

Porque tener excelentes personas es una enorme fortaleza.

Pero pedirles que compensen permanentemente procesos deficientes termina desperdiciando precisamente aquello que las hace valiosas.

Una organización sólida no elige entre personas o procesos. Construye procesos suficientemente buenos para que sus personas puedan dar lo mejor de sí.

Lic. Pablo Corona Díaz
Fundador & CEO de Impulsa y Crece®
Creador del Sistema Impulsa 360®
Asesor y Capacitador Empresarial